El último del milenio.
Abro la ventana. Hace un día precioso, el sol acaricia mi rostro en un intento sublime de
abrir mis ojos. La noche ha sido fenomenal, de un tirón y durmiendo a pierna suelta. Al subí la
persiana mi canario me brinda uno de las más bellos cantos de los últimos días. Me aseo, me
disfrazo de colores, desayuno y antes de marcharme, me doy la vuelta y percibo que todo mi
mundo interior sigue tan estable como siempre.
Voy bajando por las escaleras y hay algo que me inquieta, que hace tambalear mi
seguridad...no me he cruzado con nadie en el transcurso de esta pequeña peripecia. Me paro por
un momento y el silencio es espeluznante. Salgo a la calle y ante una sonrisa amplia que invita a
saludar, sólo obtengo como respuesta un gruñido acompañado de un arqueo de cejas. Bajo los
ojos. Agacho la cabeza y me adentro en esta sociedad gris, llena de gente que siente y piensa en
gris.
Hay veinte losetas hasta la parada del autobús. Diez son de color rojo y las otras diez
restante de un blanco mortecino. La que hace la número siete sigue rota, nadie se ha apercibido.
¡Hay tantas personas quebradas en este mundo!...Al llegar a la marquesina, me encuentro con la
misma gente de siempre, todos iguales. Son una mezcla de olores informes. Me es difícil mirarlos
a la cara. No sé si tienen cara. Hoy Brummel no ha dejado pasar tan caballerosamente a Channel
Nº 5. Subo y el conductor me sonríe. Me siento bien. Pero al momento noto que sus ojos no me
miran, es a otra persona que entra a continuación. Con un gesto brusco me pide el importe. El
dinero es exacto, no hay posibilidad de un mínimo intercambio de palabras. Nadie me llama. Nadie
me invita a que le haga compañía. Por el rabillo del ojo me doy cuenta de que hay un asiento
vacío. Tardo un poco...¡quizás haya alguien que necesite sentarse más que yo!. Me siento. El
lugar está caliente, es lo más cerca que voy a estar de relacionarme con alguien. Pienso en quién
podría haber ocupado ese espacio, sólo soñando soy persona. Una pequeña sonrisa me hace sentir
culpable ante tanto tedio. Me levanto sin hacer muchos ademanes, ¡quizás se rían de mi y escuche
comentarios hirientes!...en alguien tienen que cebarse. Miro al olvidado cartel de parada solicitada
y, como en un cuento de hadas donde te conceden un deseo, se enciende. ¡Que alivio!. Espero
para bajar. Me gusta ser el último. Hay gestos que sólo uno entiende y que la gente no aprecia,
estamos llenos de formidables acciones que se pierden en el océano de intentos artificiales.
Después del último peldaño del autobús, hay un vacío en mi mente provocado por la
soledad y el silencio. Cuando vuelvo a la realidad, me encuentro sentado en el lugar de trabajo
y con un montón de tareas alrededor. Escucho pasos de alguien que está subiendo las escaleras.
¿Me ha saludado?, ¿me ha saludado alguien?. La mesa sigue igual de fría. La ventana, con su
juego de curvas medievales descoloridas, me tiene encerrado en el olvido y en la incomprensión
de un mundo individual. Cataratas de papeles caen en la mesa poniendo en peligro mi estado
emocional. No puedo gritar. No puedo llorar. Me encuentro solo y apresado en este trabajo
irracional. ¡Creo que no me he movido desde que he llegado!. Hay que ser eficiente y la charla
no tiene cabida. No sé si alguien ha querido hablar conmigo. Me pregunto si realmente existo...
si realmente existimos.
Alguien va a entrar, he escuchado el fuerte portazo cancerbero. Unos pasos rápidos y
animados me invitan a levantar la vista del papel. Si, si...es ella. Un guiño alumbra la sala y un
arco iris de gestos nos saludan. Me mira. El brillo de sus ojos hace que me sienta vivo. Transmite
una calidez humana que derrite las máscaras de hielo que nos habían colocado sobre el rostro,
algunos trocitos de la fría sustancia desaparecen bajo el peso de sus zapatos. Me hace sentir
persona, así deberíamos de ser en cada momento de nuestra aburrida existencia. Un día le daré
un abrazo y apretando su mano le daré las gracias por haberme hecho sentir. Le diré que la quiero
y así se lo demostraré. ¡Cuánto nos cuesta dar cariño, nos da vergüenza!.
Salimos todos como el rebaño que irremediablemente se dirige al matadero. Hace tiempo
que ella se marchó y también mis esperanzas de ser. La puerta nos despide con su atronador
ruido. En la parada del autobús, noto la presencia de algún que otro vecino, ¡es difícil sentir los
olores cuando los sentidos están tan dormidos!. El viaje no se diferencia mucho del realizado a
primeras horas de la mañana. Bajo.
Subo hasta mi piso. Al abrir, mi pequeño reino sigue sin cambios. Lo he echado de menos
y él a mi, me acoge con un agradable ambiente. Salgo al balcón y mi pájaro me mira, me pía y
hace que exista en ese efímero mundo de relaciones escondidas que cada persona crea a su
alrededor y guarda celosamente. Pasaré toda la tarde asomado a la ventana. Me esconderé de la
gente que me conoce. Le echaré migajas de pan a los gorriones y disfrutaré de su juego con las
palomas. Miraré el reloj y, minutos antes de que den las doce, sacaré las uvas y el champán.
Celebraré el último año del milenio, acompañado del último del milenio. Morirá el tiempo y me
llevará con él.



